Entre mythos y logos (2023)

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Al momento de plantear aquello que es un mito se dibujan dos escenarios que se construyen a partir de supuestos populares; en el primero de ellos el concepto se encontrará situado en el mismo campo semántico que las palabras fantasía, leyenda, ficción, todas estas malentendidas, claro está, como sinónimos de mentira. En el segundo escenario, el cual es quizá el más reconfortante respecto al uso del concepto, el mito ha de ser visto como una narración cuyos personajes son de características sobrehumanas, encasillándolos como una representación infantil, la cual habrá de superarse. El mito debe ser entendido en sentido estricto como un relato, uno de carácter ya sea cosmogónico o teogónico, que permite saber cómo es que se constituye o fundamenta algo; no solamente en lo referente a la creación del mundo o de la humanidad sino también de emociones, de arte u oficios, de conflictos bélicos, etc.; el mito es pues, la respuesta primera que se presenta frente al ser humano que desea conocer y explicar su entorno.

El mito es por mucho algo más que una opinión: es conocimiento, pero no del tipo científico al cual se está habituado; la constitución de este no procede a la par de las ciencias (ya sea naturales, sociales o humanas) que también pretenden explicar los fenómenos. Su método se refiere más, de inicio, a la composición por medio de prosa, es un discurso cuyo propósito es la reflexión o descripción acerca de un objeto determinado; el discurso mítico por otra parte, en tanto relato se refiere a una composición en verso, de carácter armónico; por mucho no se permite argumentar sino tan solo mostrar las cosas, así podría establecerse una unión y separación del mito para con la ciencia; por un lado ambas pretenden responder las mismas cuestiones por medio de la palabra escrita (en un primer momento el mito no lo hizo de ésta forma sino que su divulgación ocurre de manera netamente oral y sin apelar de manera directa al dominio de una técnica artística), y por otro lado el método que se emplea es sumamente distinto. Pero el mito no ofrece una explicación y esa es una “desventaja”; exige aceptación sin más, no como dogma sino como respuesta más inmediata de carácter consecuente a la manera de P luego entonces Q, pero al no ser comprobable lo más simple es pensar que éste ha de ser falso o carente de validez, es por demás lógico adoptar posturas aparentemente suficientes para rehuir de él y concentrarse en un pensamiento más organizado y que sea capaz de otorgar conocimientos lo suficientemente sólidos y comprobables. Pero deberá rescatarse y reivindicar el concepto de mito en tanto que aún es vigente, la construcción de relatos que fundamentan un “algo” continua y no por ello se le ha de denominar falso o debe hablarse de su superación.

Para una mirada superficial, el mito pareciera ser la contracara de la historia, de la filosofía, de la ciencia o de cualquier otra forma “rigurosa” del saber, empero, desde hace algunas décadas y merced especialmente a la antropología, a la historia de las religiones, a los estudios hermenéuticos y a los que competen al campo del imaginaire, es visto desde otra perspectiva. Se lo tiene en cuenta como una forma de lenguaje que expresa situaciones y modalidades diferentes a como las entiende el lenguaje “racional” y se ha puesto de relieve que, al igual que el lenguaje “lógico”, el mito posee también una lógica, aunque sui generis.

Bauza, 2012, p. 20.

Si existe un menosprecio por el mito se debe a la cuasi enfermedad occidental que trata de racionalizarlo todo, en este caso en particular no se es capaz de dimensionar todo lo que un solo relato puede otorgar en tanto que no actúa como fenómeno aislado; la mitología no pretende ser otra cosa que el discurso (logos) sobre un cierto tipo de relatos de origen (mythos) pero no se trata a la inversa, no se espera que sea un mito el que fundamente a la razón, siendo que el primero se había establecido hacía tiempo y vio el nacimiento de la segunda.

La filosofía, o mejor dicho, toda forma racional de conocimiento ha nacido de la contemplación; el individuo que mirando a su alrededor es capaz de abstraer ciertas particularidades de los objetos o fenómenos de estudio es aquel que posibilita el desarrollo mismo de la razón como instrumento de conocimiento, el sujeto atiende a lo más inmediato que tiene para conocer: su propio cuerpo; el desarrollo de la técnica no es más que una prolongación de sus limitaciones físicas a partir de las experiencias que una y otra vez repite, ve patrones en los fenómenos, la experiencia lo posibilita como «polymathés», es decir, lo vuelve un experto:

De ello se sigue que la experiencia madurada a la luz de la visión insistente y repetida (historie significa precisamente indagación, investigación, búsqueda) es condición necesaria pero no suficiente de la búsqueda de la sabiduría. En su fundamento, pero a diferencia de lo que ocurre con la polymathés, no se resuelve en ella. Provisionalmente puede concluirse que la filosofía denota una sabiduría especial, una toma peculiar de la actitud del “testigo”, distinta y más profunda del superficial polymathés. La filosofía no condena simplemente el saber adquirido mediante la observación sensible y la sabiduría transmitida, sustituyéndolas por una intuición mística, sino que integra la experiencia de los sentidos y la mediata de la escritura, las sustrae a su autosuficiencia y las enraíza en una mirada más comprensiva (lógos).

Ronchi, 1996, p. 6

El nacimiento del logos, y todo lo que de ello deriva, no podría haberse detenido, el conocimiento humano debía continuar, pero lo cierto es que en sentido alguno éste se alejó del mito en su primer momento, las formas primitivas de comunidades humanas nos dan cuenta de la combinación, un tanto torpe por momentos, entre ciencia y mito, posibilitando así la creación no solo de formas de medicina, sino también el mirar a los astros, o la creación de magnánimas obras de arte; es decir, en el nacimiento y primeros pasos del logos no se separó del mythos. Prueba de esto es, por ejemplo, el caso de los presocráticos, al momento de atribuir el origen del mundo a ciertos elementos lo que se realiza no es más que una actualización de viejos mitos, ya en la Ilíada puede encontrarse la noción de una divinidad acuática como principio de la vida.1

Suele pensarse a los autores griegos clásicos como ajenos a sus tradiciones y cargas culturales propias, se les visualiza como el prototipo casi heroico de humano racional, pero lo cierto es que tenían supersticiones y creencias como cualquier otro ser mortal, son partícipes de una religión y en sentido alguno esto es un limitante para que se permita el desarrollo de su ciencia o el nacimiento de la filosofía, al contrario, el continuo contacto con las formas mitológicas es aquello que posibilita un punto de unión entre la ciencia y el mito: la teología. La teología es tomada en serio y en su sentido más auténtico en Grecia y más que ser un puente transitorio es la zona neutra en la cual pueden coexistir mythos y logos como bien lo recuerda Werner Jaeger:

La teología es una actitud del espíritu que es característicamente griega y que tiene alguna relación con la gran importancia que atribuyen los pensadores griegos al logos, pues la palabra «theologia» quiere decir la aproximación a Dios o a los dioses (theoi) por medio del logos.

Jeager, 2013, p.10 2.

Cuando Tales enuncia que todo está lleno de dios3 es no hace otra cosa que dotar a la naturaleza de una forma metafísica posibilitada por la existencia de formas divinas las cuales permiten el movimiento, la correspondencia del mundo divino para con el natural es aquello que se busca en la filosofía griega, cierto es que la vía para acceder al conocimiento continúa siendo la razón y el mito se toma tan solo como punto de partida para dirigirse, pero en momento alguno se rechaza a los relatos cantados por rapsodas y poetas por su validez, al menos esto al inicio, llegará el momento en el que, efectivamente, el mito será insuficiente como para continuar apelando a él, parecerá entonces que la razón ha de salir victoriosa frente al mito y que este último no tendrá que tomarse más que como composiciones por demás artísticas, pero, si hay un autor que se encargó de reivindicar al mito en su sentido más auténtico fue Platón.

Curioso es que aquel que desea expulsar a los poetas de su república porque mienten, es aquel que más contribuye a la creación mítica, Platón no hace un retroceso en su pensamiento para poder comunicar su pensamiento, tampoco es que las palabras le hayan faltado y es entonces que recurre a la forma mítica para que, como parábola sirva para explicarle a sus discípulos; el mito del andrógino planteado en el banquete fundamenta el comentario de Aristófanes acerca del hombre que desea una pareja, mito tan vigente como decir “mi media naranja”; el mito de la caverna es uno que subsiste y que posibilita más de un ejemplo durante las cátedras de filosofía así como el de aquel auriga que habita nuestra alma y busca la «sophrosine» o equilibrio para así poder llevar una vida con virtud. Cierto es que no existió andrógino alguno o que de manera empírica pueda localizarse una caverna como la descrita por el filósofo de Atenas, pero ambos relatos, ambos mitos, permitieron fundamentar no sólo ideas platónicas sino también de otros tantos autores y estudiosos de la filosofía: ¿Quién se atrevería a decir que no existe la caverna?

Platón inventó el diálogo como literatura, como un tipo particular de dialéctica escrita, de retórica escrita, que presenta en un cuadro narrativo los contenidos de discusiones imaginarias a un púbico indiferenciado. El propio Platón llama a ese nuevo género literario con el nombre de «filosofía». Después de Platón, esa forma escrita iba a seguir vigente y, aunque el género del diálogo se iba a transformar en el género del tratado, en cualquier caso iba a seguir llamándose «filosofía» a la exposición escrita de temas abstractos y racionales, e incluso ampliados, después de la confluencia con la retórica, a contenidos morales y políticos. Y así hasta nuestros días, hasta el punto de que hoy, cuando se investiga el origen de la filosofía, resulta extraordinariamente difícil imaginar las condiciones preliterarias del pensamiento, válidas en una esfera de comunicación exclusivamente oral, las condiciones precisamente que nos han inducido a distinguir una era de la sabiduría como origen de la filosofía.

Colli, 1976, p. 94.

Por supuesto que la razón sigue posicionándose como la primera y triunfante y luz que nos guía y en segundo lugar ha de estar el mito, ha de pensarse entonces en un concepto el cual restablezca la autenticidad que, al menos en la filosofía de Platón, no perdió. Una logomítica como espacio que posibilite nuevamente la interacción entre mythos y logos no debe de ser un ideal un tanto absurdo o un retroceso u obstáculo para el conocimiento, el pensar en una tensión creadora entre estas dos dimensiones; si en más de una ocasión se han tomado prestados nombres de divinidades para utilizarlos en procedimientos científicos, pues que se funden de una vez mitos nuevos, nuevas formas de experimentación ontológica de la realidad, formas fuera de todo tiempo y que refieran tanto a la parte anímica como intelectual de los hombres, se necesitan nuevos mitos en tanto que se necesitan nuevas aproximaciones a lo imposible:

Los mitos evocan acontecimientos acaecidos en un tiempo lejano, nimbado por el aura de prestigio que le confiere el recuerdo. Se trata de un tiempo diferente del histórico en el que vive el común de los mortales; un tempo áureo en el que no existen los imposibles; en ese tiempo mítico los acontecimientos se dan por vez primera, en tanto que en la vida ordinaria todos los hechos suceden a imitación de los modelos míticos. Esto determina que vivir los mitos conlleva una experiencia ontológica y religiosa a un mismo tiempo, la que provoca un sacudimiento metafísico a quien lo experimenta.

Bauza, 2012, p. 68.

El hecho de experimentar algo de manera religiosa no conlleva tampoco a un declive de la razón ni mucho menos a un dogma, sino tan solo a nuevas formas de conocimiento para un objeto. Deberá entonces restituírsele el sentido original y auténtico al mito; es que éste no ha de ser otra cosa más que un relato que como ya se ha dicho fundamenta de forma intelectual (no racional como ya se ha argumentado) que no se mueve bajo las esferas de verdadero o falso, plasma no argumenta, pero no debe hacerlo porque su realidad atemporal y ahistórica no son experimentables de la manera occidentalizada, es decir la del logos, a la cual se está tan acostumbrado, si se quiere pensar que el estado mítico ha sido superado habrá que pensar en aquellos mitos que nos dieron patria, relatos que fundamentan una y otra vez la forma en la cual actuamos frente a la vida justo de la misma manera en la cual cada pueblo, no solo los griegos, basaron sus vidas en este tipo de relatos, y en momento alguno dudamos de ellos, conceptos con una carga tan grande que parecen crear un nuevo panteón griego en nosotros y por momentos siguen siendo las mismas figuras: el amor, la justicia, los modales, etc. montón de relatos que van más allá de lo verdadero o lo falso pero que sin lugar a dudas no afectan en nada nuestros conocimientos sobre la naturaleza; el mito sigue con vida, y al igual que con los poetas éste es un fenómeno vivo.

Notas

[1] Ya en la Ilíada se encuentra la noción del agua como «arkhé» de las cosas y situando a Homero en el siglo VII a.c., este se sitúa muy por delante en el tiempo a Tales, pensador al cual se le ubica en el siglo V. (Cfr. Homero, 1992).

[2] Jaeger, W. (2013). La teología de los primeros filósofos. (José Gaos, Trad.). Fondo de cultura económica.

[3] Aristóteles recuerda en su texto Acerca del alma que Tales propone la noción panteísta de que todo se mueve de acuerdo con un anima (Aristóteles, 2011, p. 411a17).

Bibliografía

Aristóteles (2011). Acerca del alma. (Tomás C. Martínez, Trad.). Editorial Gredos.

Bauza, F. H. (2012). ¿Qué es un mito? Fondo de Cultura Económica.

Colli, G. (1976). El nacimiento de la filosofía. (Carlos Manzano, Trad.). Editorial Tusquets.

Homero (1982). Iliada (E. Crespo, Trad.) Editorial Gredos.

Jeager, W. (2013). La teología de los primeros filósofos. (José Gaos, Trad.) Fondo de Cultura Económica.

Rocco, R. (1996). La verdad en el espejo. Los presocráticos y el alba de la filosofía. (Mar G. Lozano, Trad.) Ediciones Akal.

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Artículo de:

Entre mythos y logos (1)

Alex Rivera (autor invitado):
Lic. en filosofía por la UAE, cofundador del podcast ahí les va la res extensa. Actualmente, imparte clases de lógica en preparatoria, miembro del Colegio Profesional de la COMEFI, miembro fundador de la revista de divulgación filosófica Párpados

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